El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable.

Nassim Nicholas Taleb

 

¿Para qué está hecha nuestra mente? Se diría que disponemos del manual del usuario equivocado. No parece que nuestra mente esté hecha para pensar ni practicar la introspección; De ser así, las cosas nos serían hoy día más fáciles, pero entonces no estaríamos aquí hoy, ni yo me hallaría aquí para hablar de ello: mi ancestro contrafactual, introspectivo y profundamente reflexivo habría sido devorado por un león, al tiempo que su primo no reflexivo, pero de mayor velocidad en sus reacciones, habría corrido a protegerse. Consideremos que pensar requiere tiempo y, normalmente, un gran desperdicio de energía; Que nuestros predecesores pasaron más de cien millones de años como mamíferos no pensante...
Antes del descubrimiento de Australia se pensaba que todos los cisnes eran blancos, una creencia irrefutable pues TODAS las observaciones lo confirmaban. La primera visión del cisne negro acabó no obstante, con una creencia que parecía inamovible y basada en millones de observaciones. Una sola observación puede invalidar una afirmación generalizada derivada de una cantidad apabullante de observaciones positivas.
El ensayo y el error significan no cejar en los intentos. Tenemos dificultades psicológicas e intelectuales con el método del ensayo y el error, así como para aceptar que las series de pequeños fracasos son necesarias en la vida. Mi colega Mark Spitznagel entendía que los seres humanos tenemos un complejo mental ante los fallos. Su lema era: “Es necesario que nos encante perder”.
La vida es el efecto acumulativo de un puñado de sucesos impactantes e inesperados. ¿Cuántos inventos, hechos históricos y descubrimientos se realizaron siguiendo un programa? Pensemos en nuestra vida, en la elección de profesión, los trabajos que tuvimos, nuestras parejas, cualquier hito importante en nuestra vida ¿con qué frecuencia siguieron un plan preestablecido?
Muchas veces me desconcierta que las personas podamos tener un día horrible o enfadarnos porque nos sintamos engañados por una mala comida, un café frío, un rechazo social o un gesto de pésima educación. Tardamos muy poco en olvidar que el simple hecho de estar vivos es un elemento de extraordinaria buena suerte, un suceso remoto, una ocurrencia al azar de proporciones monumentales.